lunes, 11 de mayo de 2015

Entre el documental y la ficción: Ricardo Silva en el FICD



En las conversaciones del Festival Internacional de Cine en el Desierto 5FICD (Hermosillo, 6-10 de mayo de 2015) uno de los temas abordados fue la dificultad de clasificar las múltiples posibilidades entre la ficción y el cine documental. 

Uno de los autores que charló al respecto fue Ricardo Silva, director de Navajazo (México, 2014), una cinta cuya sinopsis anuncia “mezcla el documental y la ficción para presentar un retrato de los marginados que viven en Tijuana”. 

Cineasta por vocación, sociólogo de profesión con antecedentes de video-reportero, Silva vertió sus reflexiones sobre los cruces disciplinares y la hibridación de géneros que ocurren para contar historias. 

Aquí algunas preguntas que le hicimos tras su participación en el foro de Documentales del FICD: 

Tu trabajo ¿cómo lo defines en términos de artes, ciencias sociales, periodismo? ¿En qué área te sientes más cómodo? 
Yo entré a las ciencias sociales porque no quedé en ninguna escuela de cine. Entré mañosamente, se podría decir, a Sociología, y creo que desde el principio que entré había como ese plan para poder hacer cosas de video, cine, no pensaba tanto como en estructura de cine, pensaba simplemente en poder realizar cosas. Yo hablo con el coordinador el primer semestre, le digo que se me hacía complicado hacer ensayos. Encontré algo que se llamaba dislexia, y dije ‘a lo mejor yo tengo eso’, me creí tanto la dislexia que ya después no volví a hacer un ensayo y todo lo hacía en video para la escuela. Y todo lo que he trabajado siempre lo he vinculado a lo que estoy realizando. Trabajaba en televisión y tomaba el material de televisión y lo usaba en la escuela. Trabaje en el Colef (Colegio de la Frontera Norte), una institución académica, y todo lo que hacía ahí lo usaba para otra cosa, para mis proyectos. Entonces siempre pensaba mucho en la realización de imágenes, no pensaba en el cine, ni en los festivales, porque también sabía el tipo de película que hacía. Yo quería hacer algo que me gustaría a mí ver dentro de una pantalla. Y siempre abusé de estas cosas. Es extraño porque Navajazo tiene un discurso académico para la academia, y otro artístico, para el cine, que realmente yo no lo he hecho, sino que se ha construido a partir de la gente que lo ha visto. La película se entiende de muchas maneras. 

 ¿Cuál fue tu recorrido disciplinar o laboral antes de llegar al cine? 
Creo que un trabajo muy importante fue ser mesero en un bar, cuando estaba en la prepa, ahí empezaba a ver cosas que me interesaba, porque en Tijuana eran como estos narcos que iban a comprar, a hacer gastos muy estúpidos en el bar, y había algo que me gustaba que era observar, siempre intentando entender qué pasaba, pero siempre me pasó más que mi cabeza funcionaba antes que la realidad, imaginaba historias y después se construían otras. Ahí aún no pensaba en el cine. Luego empecé a hacer cortos con bandas de música, yo patinaba, y creo que empecé a grabar porque me quería grabar patinando. Y un poco aprendí a usar cámara, a usar software, llegué a la televisión como a los 21 años, en una cadena grande, haciendo cámara como 2 ó 3 años, editando comerciales. Después de ahí me fui un tiempo al DF, intenté entrar a escuelas de cine durante dos años y, dentro de esto trabajé en cine. Lo extraño es que yo ya no quería, ya me había chocado mucho el cine, la estructura, una cosa muy artificial, y a veces hasta me parecía muy ridículo el tema de los actores. Y entonces en los documentales odiaba mucho la idea de la realidad del documentalista, porque yo montaba, editaba y me daba cuenta del ‘quítale esto, ponle esto’, entonces era como construir un discurso que no pertenecía al individuo, simplemente pertenecía al director y quería que el otro lo dijera para que se legitimara su discurso, me parecía como muy absurdo, tonto, fuerte. Regresé a Tijuana porque no me gusta la Ciudad de México, ya como para entrar a sociología, y entro a trabajar a un canal pequeño donde hay una cosa que se llamaba “Mientras dormías”, que se trataba de choques, gente que murió en la noche, seguir a las patrullas, y cuando pasó toda esta cosa del narco, yo ya no solamente dejaba las imágenes, sino que redactaba cómo habían sido los hechos. Ahí me pasó pensar cómo habían pasado las cosas. Empecé yo a hacer reportajes falsos, la primera idea que planteábamos era “qué hubiera pasado si…” y empezamos a hacer cosas muy fantásticas, temas como supuestos secuestro de extraterrestres, pero luego empecé a moldearlos y era ya como yo empezar a hacer trabajo con la imagen de los muertos. Nos metimos en problemas muy grandes, pero lo impresionante es que encontré una forma de cómo hacer estas cosas. 

¿Qué importancia tiene nombrar los géneros o subgéneros en el cine documental? 
Son importantes también porque es importante entender dónde estás parado y de dónde saliste, lo difícil es pensar que no te puedes salir de ese cuadro, es decir, ‘hago documental, tengo que hacerlo así, y la ficción construirla así’. No es malo entender los géneros, lo malo es pensar que es lo único que hay, porque se pueden ir abriendo otros géneros. Yo pensé que yo tenía una película diferente, pero me di cuenta que hay mucho cine que se parece mucho al mío, y se ha hecho en los ochenta, en los setenta, hay cosas como Fata Morgana, de Werner Herzog, por ejemplo.

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