lunes, 19 de junio de 2017

¿Qué historias contarán mis huesos? Sobre una charla de antropología física en Sonora



 
Osamenta de "Oqui Ochoa". Fotografía proporcionada por el INAH-Sonora.



Patricia Hernández Espinoza va a contarnos qué le cuentan los huesos. Le toca a la Antropología Física su turno dentro del ciclo de conferencias “Tardes de CaféINAH”, donde los investigadores adscritos al Centro INAH-Sonora (Instituto Nacional de Antropología e Historia) ponen el café y promueven la adicción por la historia.

Al calor del café se esfuma todo atisbo de formalidad y se acrecientan las ganas de acercarnos, aunque sea un poco, a las formas de significarse que tuvieron nuestros antepasados aridoamericanos. Quizá adquiera nuevos sentidos esto de vivir en el desierto.

Patricia proyecta algunas imágenes y, donde yo apenas veo unos huesos como brotando de la arena, ella ve personas: sexos, edades, pautas de alimentación, clase social, estado de salud, rituales funerarios y aspectos otros que construyen individualidades.

Dientes “pala” indican hombre prehispánico; las formas y medidas de una cadera si era hombre o mujer, menor o adulto; ciertas marcas en los dientes si comía carne con frecuencia o principalmente hierbas; otras, si de rodillas y apoyado en los talones pasaba horas moliendo maíz en un metate o si andaba los caminos encorvado, con una carga pesada sobre la espalda y atada a su frente.

¿El cuerpo fue dispuesto boca arriba o de panza? ¿Lo acompañaba alguna alhaja, una pieza de cerámica, ningún objeto? ¿Tenía alguna modificación deliberada en su cráneo? Cuántas cosas nos permite conocer una osamenta –conocer tanto del propietario como de sus deudos- y en el específico caso de lo que hoy es Sonora, el estudio del material osteológico en posesión del INAH derive quizás en un mapa más detallado de las cinco tradiciones arqueológicas que aquí habitaron: Trincheras, Serrana, Huatabampo, Casas Grandes y Costa Central.

Entre otras cosas, nos cuenta Patricia Hernández Espinoza que los datos arrojados por la antropología física permiten confirmar el salvajismo con que actuaron los virus y las bacterias en suelo prehispánico y que la tuberculosis ya había matado a muchos antes que los españoles la trajeran (Con lo que me encanta culparlos de todo).

Si pudiera viajar tiempo atrás, buscaría a “Oqui Ochoa” (en ópata Oqui significa “mujer”) para ver cómo era el rostro que portaba el esqueleto que hoy nos mira con sigilo desde el petate con que fue amortajada entre los años 1200 y 1600: presunta curandera muerta en sus treinta y tantos años, rodeada de algunas ofrendas, y recuperada durante excavaciones del Proyecto Arqueológico Sierra Alta de Sonora, en el municipio de Bavispe.

Viajaría a Tastiota, al momento en que fallece o es enterrado el “Gigante Seri” –prehispánico, etnia Comcáac, 1.80 metros de estatura- a ver si logro captar el sentido de las 900 cuentas de concha halladas en su boca y derredor.

Le contaría a la niña “Juanita” –unos 6 años de edad, entre el 900 y 1400 d.C., Bavispe- que se le ha roto el corazón a la antropóloga Hernández Espinoza al ver en su cráneo huellas de escorbuto, signo de la hambruna que habría parado su crecimiento unos meses antes de morir. Bueno, a ella mejor no le contaría estas cosas.

La charla acaba y el café, mas no las ganas. La conversación se traslada de la biblioteca a un espacio abierto de la otrora Antigua Penitenciaría de Sonora, recinto que alberga al Centro INAH y al Museo Regional (cerrado éste último por remodelación durante un tiempo que ha parecido eterno y echado de menos profundamente cuando se pregunta qué hacer en este terruño). 

Cuando me remonto a mi infancia, a veces aparezco aquí: con mis padres y hermanas atravieso sin ver las salas de historia y urjo en llegar a lo que alguna vez fuera una celda de castigo. El silencio contundente de ese pequeño espacio se halla inscrito en mis huesos y memoria.

"Todo lo que hacemos y somos, todo sitio que habitamos deja su registro en nuestros huesos”… y vienen en tropel algunos recuerdos: el cerro que aloja a esta cárcel convertida en museo, los dulces y caídas de la niñez, algunos movimientos de baile, el cotidiano diálogo entre mi pie izquierdo y el embrague del carro, bolsas y morrales colgadas al hombro en los últimos años, la tensión del cuello frente al monitor, el teclado con que escribo este texto...que ya no sé si lo escribo yo o son estas letras las que percuten mis dedos y se anexan a la historia que contarán mis huesos.

También publicado en Crónica Sonora

martes, 14 de junio de 2016

Una orquesta de guitarras y una lección de aplausos

Orquesta de Guitarras de Sonora (OGS) en su concierto debut. Foto: Alejandro Zabaleta


Por Alejandra Meza
 
Estas letras quieren ser aplausos para la Orquesta de Guitarras de Sonora (OGS), recién nacida agrupación de estudiantes de Música de la Universidad de Sonora que decidieron ganarle al tiempo para apostarle a la búsqueda del autoempleo y la autopromoción. Su debut fue la noche del miércoles 16 de marzo, en un teatro Emiliana de Zubeldía que no logró dar cabida a todos los interesados.

Para quienes no tenemos elementos para juzgar la música culta, la nota del concierto -nota en tanto materia noticiosa y no en su acepción musical- sería el tono didáctico que el evento adoptaría en persona de su director, Erick Ivan Quijada Becerra. Tras la primera explosión de aplausos, éste agradecería, y diría, con delicadeza y sencillez, que, a sabiendas de “dónde estamos”, uno de los propósitos de la Orquesta de Guitarras de Sonora era abonar a la formación de público en nuestra región y, en ese tenor, una de las primeras asignaturas consistiría en instruir sobre cuándo aplaudir y cuándo no.

Ya lo veía venir cuando, tras la ovación, la mujer a un lado mío emitiera un gemido acongojado, se cubriera el rostro y se hundiera en el asiento como diciendo trágame tierra, al tiempo que yo recordaba un artículo de René Córdova llamado “Ay, estos sonorenses que no dejan de aplaudir”, donde el autor señala el desconocimiento de los protocolos en eventos de música clásica.

De ahí la importancia, como explicó el director de la OGS, de tener a la mano el programa (de mano, vaya) para ver de cuántos movimientos se conforma cada obra y así, aplaudir al término de ésta, y no después de cada uno de aquéllos. En otras palabras, como me explicaría más tarde una amiga ilustrada en el tema, si el concierto fuera un libro, habría que aplaudir al final de cada capítulo y no de cada subcapítulo, de manera que no se interrumpa la historia contada por la obra o la concentración de los músicos. Palabras más, palabras menos.

Así fue que, según recuerdo y sin contar el llanto de un bebé que asistió al concierto acompañado de un par de adultos y el celular que no logró estarse quieto, el resto del programa transcurrió sin aplausos fuera de lugar.

Es cierto que las reglas de etiqueta no entran con calzador, pero también lo es que, sin pretensiones clasistas y de otros tipos, hay un gusto que puede (trans)formarse acorde a la historia y características de nuestro contexto, así que bienvenida la Orquesta de Guitarras de Sonora (OGS) que se ha propuesto contribuir a ello.

 También publicado en: Crónica Sonora

martes, 1 de marzo de 2016

“O sea, ¿pero de qué vive un artista, pues?”



Poco menos que una intrusa, me instalo en el estudio 3 del área de danza de la Licenciatura en Artes Escénicas, en la Universidad de Sonora. Me ha traído la curiosidad de ver cómo se forma un artista. Los alumnos del cuarto semestre que cursan Técnica de Danza Contemporánea están sobre la duela y yo en aquel espejo al otro lado del salón, anclada a una silla que me certifica como oyente. A pocos metros están los escenarios de formación de profesiones mejor posicionadas en el imaginario del éxito: los nutriólogos, los ingenieros, los mercadólogos. Y quizá en algún punto más lejano de esta ciudad-desierto alguien pregunta, como hace unas semanas una amiga a mí, “¿en qué trabaja un licenciado en artes?, O sea, ¿pero de qué vive un artista, pues?”

A mí que me lleva siempre la mente, me encanta ver a los chicos que son con el cuerpo. Con él exploran, con él operan y activan. La mente para producir imágenes que les ayuden a alcanzar las posturas deseadas. “No den por sentado que ya la tienen, aún no la tienen, tienen que buscarla”, les dice Abigail Núñez, la maestra, y los incita a conseguir movimientos naturales y verdaderos, a bajar de forma libre pero organizada, a entrar de forma fluida en el suelo, a lograr transiciones claras entre sus posturas y a que, al incorporarse, no parezca que están haciendo abdominales, sino que son calcomanías siendo despegadas, y es esta última imagen la que me hace cosquillas en la espalda.

Los chicos son equis humanas torciéndose y rotando sobre el suelo, yendo de un extremo al otro del salón, lentamente y concentrados, incrementando gradualmente la conciencia de cada parte del cuerpo, ubicando las mejores referencias, pues les ha explicado la maestra que la cadera caerá cada vez en posiciones distintas en función de dónde se haya proyectado la pierna. Parece que la danza es menos azar y más consciencia. Como en la vida, hay cosas para controlar y otras que caen por su propio peso, así como momentos para moverse o para estar en pausa, y algo que me ha gustado mucho de mi primer día como oyente ha sido la postura llamada “Descanso constructivo”.


Vuelvo dos días después y me quedo al receso después de clase. ¿Comer con los chicos de danza me da permiso de decir que somos amigos? (Si esto fuera una conversación de WhatsApp, aquí insertaría un emoticono que neutralice la cursilería de la pregunta anterior). Siguiendo con la lista de prejuicios, no debería sorprenderme que su lonche no consista solo de frutas y atún enlatado, sino de harinas y azúcares procesados, como tampoco el hecho de no hacer tanto ejercicio como ellos debería ser impedimento para comer del choco flan que un chico me ofrece. Así que, venga querido, dame una rebanada, por favor.

Estos chicos desafían creencias comunes sobre la relación vida-trabajo, como la de que lo que se hace por placer no debería generar una remuneración económica o que la formación profesional debe ser aburrida y agobiante, y otras que me hacen pensar en unas líneas de “Siete notas para las bellas artes” (1992), donde Luis Enrique García señala que el problema de la educación en México no está en priorizar la formación de ciudadanos capaces de manejarse en el mundo de la productividad, sino en considerar dicha finalidad como única y suficiente (p. 17).
Para algunos, su elección profesional implicó explicar a los padres el plan de estudios, convencerlos de que estudiar artes no era “ir a hacerse loco”, renunciar a la tradición familiar de dedicarse a la política y proteger sus aspiraciones profesionales de ser reducidas a un pasatiempo.
“Yo sé que si hago lo que me gusta tarde o temprano voy a encontrar trabajo y ahí está el punto”, refiere Fredy, uno de los estudiantes tras narrar cómo el escepticismo inicial de su familia decrece conforme él va demostrando sus destrezas en materia dancística.
Marco, su compañero, agrega “Está en nosotros crear esa conciencia, esos mitos desmentirlos, eso puede ser en cualquier carrera, si estudio Derecho y no me aplico no la voy a hacer. Hay mucha gente que estudia arte y no sabe aprovecharlo, pero eso es otra cosa, el mito nos lo creamos nosotros mismos”.
En mi tercer día como oyente de la asignatura Técnica de Danza Contemporánea, miro a los alumnos y concluyo que la danza es como la vida y todo en la vida es una danza (aquí iría, de ser éste un mensaje privado de Facebook, un emoticono de aplausos en tono sarcástico a mis intentos de frases profundas). La cosa es que a estos chicos se les conmina a que el control no se traduzca en tensión en su cuerpo y, también, a que la fluidez no implique descontrol. Ellos persisten en lograr la comunicación entre una y otras partes, en transferir de forma consciente el peso de uno a otro segmento del cuerpo.

El campo de desarrollo del artista escénico es muy amplio y una de las áreas de oportunidad es precisamente la gestión. Dice Abigail Núñez que

“Es un campo muy amplio, puede ser que haya gente aquí que nunca baile, que se dedique a la docencia, la dirección, la gestión. El conocimiento que tienen del cuerpo les permite poder desarrollarse […] incluso en educación somática para niños, rehabilitación de cuerpos, tienen herramientas y conocimientos para ello.

“Necesitamos gestores que conozcan de lo que estamos haciendo, uno de los principales problemas del desarrollo de las artes en México es que los gestores no tienen un contacto directo de lo que sucede en la práctica, entonces no hay manera de que comprendan las necesidades de la práctica entonces, que esté aquí gente que potencialmente va a gestionar a los artistas es también parte”.

Por otra parte, menciona el autoconocimiento del gremio artístico como una manera de cortar la persistencia de prejuicios en la sociedad:

“Creo que hay tantos prejuicios como poca información en nosotros, la falta de información y de respeto que tengamos nosotros mismos en lo que hacemos es lo que se proyecta hacia afuera, si hay gente que no entiende lo que hacemos es porque hay mucha gente que hace esto y tampoco lo entiende”.

Y en un intento por entender un poco más lo que es la danza les pido a los alumnos compartir las herramientas que llevan en la mente y esto me dicen: “Ancla-Trapeador-Músculos pesados-Llegar-Burbujas en mi columna-Alcanzar-Soplar-Aire- Imágenes de agua y aire-Articular-Trapo mojado-Columpio-Jabón líquido-Toalla exprimida- Aire en mis articulaciones-Colores-Mi cabeza es un globo-Bolsas con agua-Platanito-Pesas-Suavidad-Peso”.

Referencias

García, Luis Enrique (1992) Siete notas para las bellas artes. Hermosillo: Universidad de Sonora.

sábado, 12 de diciembre de 2015

De happenings e indigencia

Foto por: Luis Gutiérrez
También publicado en Crónica Sonora

Sin el afán de entrar en debates sobre lo que es locura y lo que es indigencia, diré que ambos estados ocupan un sitio importante en mi repertorio de obsesiones, específicamente si se presentan juntos en la misma persona. No sé cuándo inició pero sí que se acentuó durante mis tiempos reporteriles cuando la rutina informativa me dejaba la sensación de que entre más profundizaba en la ciudad más inasible me parecía, y sin embargo, veía tantos hombres y mujeres que aun visiblemente desprovistos de techo y de cordura proyectaban una especie de arraigo que en el fondo me parecía envidiable.

Esto lo recordé hace unos días, tras mi encuentro con un indigente justo donde la calle Reforma parte en dos a la Universidad de Sonora:
Al pasar a mi lado, un hombre de rostro rojizo y cabello opaco, como si lo tuviera embarrado de aceite y polvo, se giró para patear una botella vacía de coca cola contra mi pie y seguir su camino en dirección opuesta a la que yo llevaba, no sin antes espetar en mi rostro y entre dientes: “Saaaalaverghhhh”.

Tras mirar a todos lados y recomponerme, seguí hacia la universidad pensando cómo los indigentes han sido personajes habituales de algunos de mis textos, por ejemplo aquella brevedad donde sitúo a uno tocando un saxofón imaginario en un crucero concurrido, o cuentos inacabados como ese donde ellos persisten a pesar de los intentos del poder por esconderlos bajo el tapete de la ciudad.

Ha de ser que donde veo indigentes encuentro absurdos y paradojas: hombre mendigando el pan a las palomas en el vaticano, mujer caminando inmutable –descalza- sobre el pavimento hirviente, carcajadas desconcertantes de alguien que hace mucho huyó hacia adentro.

Pero este indigente se me aparecía ya no como un espectáculo que observar o una realidad para llevar a la ficción, sino como un happening, una de esas manifestaciones artísticas que convocan al espectador a romper la pasividad, a involucrarse, a emocionarse, a expresar de forma espontánea.
“Salaverghhhh”, había dicho el indigente como desafiándome a participar en un happening intitulado “Ficciones del progreso, resistencias a la homogeneidad y globalización”.

Hoy he venido a un sitio donde los jueves tocan salsa. Estoy en una de las peores mesas, de espaldas a la pista pero con una vista privilegiada hacia un espectáculo alternativo en la calle: una chica trasquilada y descalza, contorsionándose, saltando, haciendo del bulevar su pista de baile. Porta un top flojito y una falda que repta por su abdomen conforme se mueve, permitiendo se asomen sus calzones de precioso azul turquesa.


Cada que ella se aproxima a la terraza del bar, un guardia se le acerca, así que huye hacia el camellón, desperdigando energía por los carriles inusualmente vacíos del bulevar. Adentro la cosa luce normal: los cuerpos bailando, la cerveza circulando, los divos reinando la pista; afuera la indigente de los calzones azules persiste en su happening, en su desafío a vivir y bailar la ciudad de formas diversas.