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Late Budapest


Entrar al agua tibia en Budapest es encarnar el cuento donde Ricardo Piglia dice que al entrar al océano “perdemos el lenguaje y solo el cuerpo queda”. Aquí y ahora, esta pila es mi océano personal y yo un cuerpo sin lenguaje. O un cuerpo sin cuerpo, un latido. Porque ¿qué otra cosa es un latido sino la señal mínima de la existencia?

Impulsada por otro latido, esta tarde deposité la vida en un antiguo edificio húngaro, colgué mi cuerpo en un perchero y me entregué a la dinámica de las aguas. Me introduje sin saber su funcionamiento y terminé partícipe de un proceso que me hace pensar en la circulación sanguínea, el bombeo del corazón, el ritmo de las contracciones cardiacas. Latir en agua fría y caliente. No hay ojos que cerrar ni pensamientos para calmar cuando no hay cuerpo ni mente.

Los baños turcos, reliquias de Budapest, prometen limpieza y relajación. Lavados los sentidos y relajada el alma, toca vestirme nuevamente de corporalidad, retomar el lenguaje, retornar al mundo.


La ciudad está impregnada de silencio dominical, parece que el mar se la hubiera tragado. Yo me detengo frente al río Danubio (y escucho sus latidos cruzando Budapest).

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