miércoles, 28 de agosto de 2013

Paladear Lisboa


Foto: Viajediario.com

Las ciudades están para ser vistas y escuchadas, olidas y tocadas pero, ante todo, saboreadas. Y es preciso probarlas en lo dulce y lo salado para que la degustación sea completa. En Lisboa nos han hablado de los pasteles de Belém. Así que una tarde nos dirigimos al barrio del que toman el nombre.

Afuera de La casa de pastéis, la fila es tan larga como bullente de acentos y pieles variados, tanto así, que la boca se me hace agua imaginando el manjar que está a punto de tocar mi estómago. Dicha empresa los vende como “pan caliente” desde 1837, luego de que un monje empezara a comercializarlos para subsistir tras el cierre del Monasterio de los Jerónimos. La casa de los pasteles de Belén y el monasterio, cohabitan en la misma zona. Adentro del establecimiento hay una puerta que dice “Oficina do segredos”. Solo los maestros pasteleros tienen acceso a la receta de este postre que cada día se vende por miles. La fila avanza rápido hasta el mostrador donde despachan las tartitas recién horneadas. Las puedes comer frías o calientes y espolvorearlas con azúcar y canela si te gusta. Yo pido una que desaparece tras cuatro o cinco bocados y sin haberme cautivado más que cualquier postre casero. Los pasteles de Belén son deliciosos, sí, pero la verdad es que pronto estoy lista para darle vuelta a la página del libro gastronómico lisboeta en busca de otra experiencia. En fin... será que las expectativas fueron más largas que la fila.

Una vez afuera, avanzamos rumbo al agua, hasta el punto donde el río Tajo se pierde en el océano y una construcción de 50 metros irrumpe en el horizonte. Qué ganas de ser uno de esos hombres de concreto que juntos, firmes, apuntan el cuerpo a la lejanía, con vista al agua, al río, al Atlántico y quizás, mucho más allá, a la América del siglo XV. El monumento a los descubrimientos (1960), conmemora 500 años de la muerte de Enrique el Navegante y, en general, celebra a todos los marineros y cartógrafos europeos que, siglos antes de hoy, se hicieron a la mar descubriendo nuevas geografías. El imponente monolito me ha impactado y lo mejor que puedo hacer en este momento es sentarme en el margen del río, con los pies señalando al agua y la mirada en la misma dirección que esos gigantes viajeros de piedra, imitando aunque sea en eso su aventura.

 El día marcha hacia su final y pronto estaremos de vuelta en el hostal donde conoceremos a futuros amigos. Con ellos iremos de marcha por la noche, nos perderemos buscando un bar decepcionante y… bueno, será otra historia. Antes habrá que parar en la Torre de Belén para experimentar un hermoso espectáculo. Es difícil que naturaleza e invención convivan sin que una sufra a la otra y, sin embargo, siento que la torre hubiera nacido junto con el río. Lo que hace 400 años funcionaba como punto de recaudación para quienes ingresaban al puerto de Lisboa, hoy existe para el deleite. Para que la gente vea cómo el río acaricia los muros. Que escuche como a su alrededor, la luz hace del agua un xilófono. De todo lo que probé en Lisboa, lo que más saboreé fue la Torre de Belén. Es uno de esos lugares en los que me quedo para siempre, en espíritu, detenida a escasos metros, con los ojos cerrados, sintiendo cómo el agua la resguarda celosamente como es guardada la receta secreta de los pasteles de Belén.

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