jueves, 15 de agosto de 2013

De fotos, papel, pixeles, recuerdos…

De un tiempo a acá, me intriga la evolución que ha tenido el sentido que le damos a la fotografía. De la magia de revelar, pasamos a la novedad de imprimir y luego a la urgencia de publicar. Como la vida es una sucesión de momentos y nuestra era es la digital, la premisa parece ser “si no lo publicas en la Red, haz de cuenta que no sucedió”.

Me da entre nostalgia y lástima que nuestras memorias no permanezcan como antes en el papel. Aquellas impresiones de 4 x 6 que se escapaban de los álbumes, que emergían de la última página leída de algún libro o que, tarde o temprano, terminaban en el bote de basura, retenían los recuerdos durante al menos un poco más de tiempo que nuestras fotos digitales de hoy, esas con las que parecemos querer comprobarle al mundo que sí vivimos.

¿Quién quiere ya compartir recuerdos en papel, lustre o mate, con poca gente, si en los escaparates virtuales las pueden ver miles de personas?

Ya nadie ejercita la memoria ni necesita de palabras para describir. Ya para explicar cómo es algo o recordar cómo es alguien, basta con sacar un dispositivo electrónico y mostrar su pantalla. Para contar cómo estuvo la fiesta, solo hay que ver el álbum de fotos público y sacar conclusiones.

Hoy le di a mi sobrina de 4 años un obsequio, con el que indirectamente, me ayudó a hacer un experimento. Quería ver qué hacía una nativa digital con una cámara de rollo entre sus manos. La miré asombrarse por la carencia de pantalla de cristal líquido. La observé cerrando el mismo ojo que ponía en la mirilla, auto boicoteándose, de manera involuntaria, la posibilidad de ver lo que había al otro lado de la cámara.

Mientras le explicaba la magia que se hacía adentro del objeto (“las imágenes que estás tomando, se están guardando en un rollito de papel que mañana un señor meterá a una máquina y convertirá en fotos”) regresé, como tantas veces, a esa inquietud sobre el futuro de la fotografía como objeto nuestro, social.

Pensé cosas feas sobre el futuro. Por ejemplo, imaginé nuestras casas con paredes fotografiantes atestiguando hacia el exterior cada momento vivido.

Ahora imagino el momento en que mi sobrina verá en papel las fotos que hizo y quisiera que encuentre al menos una que le signifique algo más allá de lo evidente, una que le guste tanto que quiera guardar bajo su almohada o entre las páginas de un libro, una que, aunque no la vean cientos de conocidos, sea para ella una foto muy muy especial.



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