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Adiós, eterno habitante de la hemeroteca


En los últimos 15 años no hubo usuario más asiduo en la hemeroteca de la Unison que el recién finado cronista de Hermosillo, José Rafael Aguirre Fernández. Lo dicen los encargados del lugar, ésos que atestiguaron sus jornadas infinitas de hojear periódicos antiguos en busca de información que lo emocionase como un niño al recibir un dulce inesperado.
Minerva Ruiz lo vio llegar muchos días a las 8 de la mañana y quedarse hasta después de las 3. Su presencia se hizo habitual desde mediados de los noventa. Arribaba cargado de cuadernos y plumas; se iba repleto de datos y anécdotas curiosas del Hermosillo viejo.
El visitante promedio de la hemeroteca es el historiador y el estudiante. Pero también están los curiosos, los apasionados del pasado. Y él era de ésos. Le gustaba hallarse con anuncios de productos que le recordaran a su niñez, saber cuándo y cómo sucedieron los acontecimientos que han dado forma a la ciudad. Pero sobre todo, le gustaba lo curioso, lo sorprendente, lo chusco. “A veces se carcajeaba solo y me llamaba: ‘Minerva ven, verás lo que encontré’”, recordó la encargada del turno matutino.
El “Aguirre”, como se le conoció en la hemeroteca, fue un contador privado a quien siempre le atrajeron los medios de comunicación. Según datos publicados en El Imparcial, colaboró para radiodifusoras y canales de televisión durante tres décadas. Tenía un estilo cálido y una conversación amena que le garantizaron un auditorio de personas ávidas de remembranzas.
A los reporteros nos sacó de muchos apuros. Me tocó entrevistarlo varias veces por teléfono, en la hemeroteca o en el lobby de El Imparcial. En ese entonces era sólo un ciudadano que sabía muchos datos sobre la historia de la ciudad y de la gente “de antes”. Ya a partir del 2007, también lo visité algunas veces en la oficina que le dio el Ayuntamiento tras nombrarlo cronista. Se notaba extraño en ese lugar, le faltaba el calor de la hemeroteca. Le pedía que me contara la historia de lugares como el Mercado Municipal, el Parque Madero, la Serdán y el Palacio de Gobierno. Era verlo emocionado, al localizar datos en su mente o en alguno de sus numerosos cuadernos y empezar a decir: “Mira, en una nota publicada en la edición del día 20 de diciembre de mil novecien…”.
Puesto a pulso
En 2007, tras la muerte de don Gilberto Escobosa, el gobierno lanzó la convocatoria para buscar a alguien que supliera al prestigiado y querido nonagenario. José Rafael Aguirre ganó por encima de varios historiadores, pese a los detractores que le criticaban no tener un perfil académico.
La metodología del “Aguirre” para recuperar la memoria histórica de Hermosillo carecía de un orden. Cuenta otro de los empleados de la hemeroteca que “llegaba y pedía cierto tomo donde creía que estaba la información que necesitaba, pero resulta que se encontraba con otra cosa que le llamaba la atención y me pedía otro tomo, de otra fecha…”. Y así iba saltando de dato en dato, de fecha en fecha, y los volúmenes de periódicos iban quedando extendidos hasta ocupar 3 ó 4 de las 5 mesas, pese a la incomodidad de otros usuarios.
Así es como su mente fue llenándose de episodios que nutrieron su entusiasmo por el pasado de la capital sonorense. Quizá esa pasión desordenada fue la que lo llevó a tener, en opinión de muchos, el perfil idóneo para ser nombrado cronista. Pues qué más se necesita que pasión para lograr las cosas. Ya es demasiada la gente en puestos de autoridad que tiene preparación pero no hace el intento de mover siquiera un dedo por los demás.
Si los encargados de la hemeroteca tienen hoy una base de datos que remite a sucesos significativos de la ciudad es, en buena parte, gracias a que Rafael Aguirre les facilitaba sus notas. “A veces nos dictaba en el momento lo que iba encontrando”, agregó Minerva.
Posiblemente no alcanzó a publicar o siquiera a escribir un libro. Pero muchos hermosillenses lo pueden recordar por la revista “De Hermosillo”, modesta publicación con anécdotas e historias de la ciudad, que mantuvo durante varios años en base a patrocinios, y que se podía encontrar en abarrotes y otros negocios de misceláneas.
El “Aguirre” quería transcribir todos sus apuntes, pretendía dar a conocer toda la información recabada. Dicen que era un hombre de muchos proyectos, de los cuales muchos no concretó.
Y si bien quizá su esfuerzo no rindió todos los frutos que esperaba, algo que sí logró fue generar lazos de fraternidad con personas que disfrutaban compartir poesía, música y otras actividades en las reuniones que denominó como “las tertulias del corral”, y de las cuales daba cuenta en sus columnas semanales de El Imparcial:
“Para deshacerse de la tristeza, del mal humor, la soledad, los malos pensamientos y todo aquello que le quite brillo a su buen talante, la solución es fácil y más si es lunes, porque es el día en que desde las 20:00 horas, ocho de la noche, se inician “Las Tertulias de Hermosillo” en el restaurante de mariscos “El Corral” de los Morales, donde hagan de cuenta que están en el mar, donde la vida es más sabrosa… sean felices… siempre.
Espacio vacío
En la edición del lunes 30 de enero de 2012, del periódico El Imparcial, una nota anuncia: “Muere el cronista José Rafael Aguirre a causa de un infarto”.
Ahora el “Aguirre” está en algún tomo de la hemeroteca que tanto quiso, ésa que fue su segundo hogar. Su muerte, de alguna manera, lo regresó al lugar que gradualmente fue dejando para cumplir sus reponsabilidades ante el Ayuntamiento.
La última vez que la encargada del turno matutino de la hemeroteca de la Unison lo vio ahí fue a principios de año.
Su historia como cronista fue corta duró apenas 4 años y medio, pero la de Hermosillo no para y en algún momento habrá alguien más relatándola. Y acaso el espíritu de José Rafael Aguirre Fernández seguirá eternamente emocionado, sentado en una banca de la hemeroteca de la Unison, recopilando trozos del pasado.

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