viernes, 17 de febrero de 2012

La Pintada, Sonora



Hace varios cientos de años, cuando los españoles merodeaban lo que hoy es Sonora pero aún no ocurría la conquista, los antepasados de los Seris eligieron el cañón de La Pintada como lugar de refugio y aprovisionamiento. Sobre los muros rocosos tatuaron imágenes que hoy nos dan una noción de lo que fueron su cotidianeidad y su cosmovisión.

La ocupación española arrancó a los indígenas de La Pintada para aglutinarlos en otras zonas de la entidad, pero las paredes naturales de esta reserva atesoran el espíritu de una de las últimas etnias que se resistieran al dominio extranjero.

Ubicado 50 km al sur de Hermosillo, La Pintada es el sitio arqueológico más cercano a la capital y tal vez uno de los más importantes del noroeste, pero, curiosamente, el gobierno no ha aprovechado su gran potencial turístico-cultural.

Por eso, a falta de una infraestructura adecuada para visitantes, quienes hemos tenido la fortuna de ir, hemos tenido que subir por un camino angosto y empinado, sortear ramas y acomodarnos en las zonas más seguras sobre las rocas resbaladizas para apreciar con tranquilidad el espectáculo que conforman las pinturas rupestres.

No obstante cualquier piedra en el camino, vale la pena llegar al peñasco frente al panel principal y toparse con el majestuoso muro que reúne la mayor cantidad de dibujos.

Ese lienzo natural, de relieve accidentado y salvaje, funge como escenario de fondo para que el arqueólogo Manuel Graniel ofrezca una explicación sobre La Pintada. Habla de la historia, de las condiciones geográficas y climatológicas. Comenta los avances de la investigación, toca el tema del status legal del terreno. Responde preguntas. Y mientras él está hablando, quizás no soy la única que intenta imaginar a un antepasado indígena trepado, semidesnudo, pintando un águila sin perder el equilibrio.


Zona de campamento

La actividad volcánica que dio forma a La Pintada, arrojó materiales que volvieron impermeable el suelo, favoreciendo la formación de vasijas naturales.

Esta particularidad contribuyó a que el cañón fuera un lugar ideal de suministro: espacio seguro, provisto de agua y de animales para la caza. Una especie de oasis en plena costa desértica.

Los investigadores del INAH (Instituto Nacional de Antropología e Historia) trabajan en dos zonas del sitio: la primera, es la de las pinturas rupestres; la segunda es el área de campamento, donde han encontrado evidencia de grupos nómadas que habitaron por temporadas al menos desde el año 400 después de Cristo.

Ahí, el suelo es arenoso y pálido como el de cualquier rancho de Hermosillo, pero, si uno se fija con cuidado, nota que hay muchas piedritas negras, restos del material con que antaño se elaboraban puntas de flecha.

Entre los hallazgos que ha acumulado el equipo que comanda la arqueóloga Eréndira Contreras, hay osamentas y hornos para maguey. Y no dejan de encontrar objetos. Por ejemplo, mientras recorremos el área, el ojo entrenado de la arqueóloga Adriana Hinojo, identifica una mano de metate semienterrada.

La exploración de la zona sigue en proceso, pues los estudiosos aún tienen muchas interrogantes respecto a los grupos que habitaron en La Pintada.

Empero, la información recabada hasta hoy es suficiente para ofrecer a la comunidad un panorama sobre una importante etapa de la historia regional. Incluso, el proyecto ejecutivo para equipar el sitio con infraestructura para visitantes ya está listo.

Es cuestión de que autoridades inviertan y arreglen las cuestiones legales referentes al terreno, que en parte es propiedad privada.

Ojalá se animen a incluir el asunto de La Pintada en su lista de temas prioritarios. Dotarla de infraestructura sería abrir un atractivo turístico y ofrecer otra opción de entretenimiento y educación a la población. Y ahora que se acercan las campañas electorales a ningún actor político le caería mal adoptar esta causa.







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