viernes, 18 de abril de 2014

Isla Tiburón (o de cuando los Seris fueron isla)

Diana en la Isla Tiburón / Alejandra Meza

Una isla, un trozo de tierra extirpado del país al que pertenece. Yo, un punto sobre la línea que separa tierra firme del océano pacífico, me desprendo del mapa para internarme en la más grande isla de México: la Isla Tiburón.

Mi versión favorita del origen de su nombre es la que cuenta que, durante la época colonial, los conquistadores se toparon con indígenas cuya ferocidad podía equipararse con la de un tiburón. Otra posibilidad es que se debe a la alta cantidad de estos animales que la merodean. Sin embargo, desde la lancha no veo ninguno.

Lo primero en la isla es observar que el agua de sus playas es celestial. Lo segundo, pensar que sería más atractiva si los Seris todavía la habitaran. Pero desde hace décadas están prohibidos los asentamientos humanos, y lo que alguna vez fue el hábitat de esta etnia, ahora es una reserva natural en la que solo participa como un atractivo turístico.

Nos cuenta una mujer Seri que cierta deidad les pidió a los animales que fueran al fondo del mar y sacaran un puño de arena para crear la tierra. Fue la caguama quien ejecutó la encomienda y es sobre ese puño de arena donde ahora un grupo de mestizos nos aproximamos a la cosmovisión de un pueblo que durante la colonia permaneció como una isla: apartada de la religión y las costumbres de los extranjeros.

Cleotilde, piel experimentada con ojos de pozo, danza y canta en honor a la caguama. Sus brazos ondulantes simulan las patas de esa especie de tortuga marina que, si el sol nos favoreciera, hoy aparecería sobre la arena danzando al ritmo de Cleotilde. Los que la rodeamos aplaudimos. Y probablemente imaginamos al enorme animal que posibilitó la creación.

Una que desconoce de qué lugares proviene el barro del que fue hecha, envidia a los Seris, que tienen la certeza de estar formados de arena del desierto de Sonora mezclada con agua del Mar de Cortés.
Nuestro guía es un antropólogo de nombre Joaquín. Mientras recorremos una ruta de tierra, piedras y arbustos, nos explica las propiedades de algunas plantas nativas de la Isla Tiburón. Por ejemplo el torote, usado para tratar problemas tan diversos como el dolor de estómago, el asma y las enfermedades venéreas, y también para elaborar las coritas o cestos típicos. O el ocotillo, antaño usado para elaborar las viviendas tradicionales.

Hubo un tiempo en que los Seris encontraban en la naturaleza todo lo que necesitaban para vivir: alimento y remedios, ocio y conocimiento. Hoy día recurren a la naturaleza pero en su forma modificada: teléfonos celulares y alimentos procesados, medicinas sintéticas y ropa confeccionada en países lejanos. Ahí está Diana manipulando unsmarthphone, Cleotilde bebiendo un refresco de fresa gasificado, un joven ataviado con una gorra de béisbol y don Alfredo portando un reloj de muñeca que le ayuda a contar el tiempo a la usanza del hombre “civilizado”.

De la pesca, la caza y la recolección como formas de subsistencia, la que perdura es la primera, aunada a la venta de artesanías, el comercio de productos marítimos, el traslado de turistas en lancha hacia la isla tiburón y la colaboración con las empresas de ecoturismo.

Los Seris se han mudado: de la Isla a la costa, de la vida nómada al sedentarismo, del agua a la coca cola, del licor de cactáceas a la cerveza, de las chozas de ocotillo a las casas de material. Hablan español y hacen tratos comerciales con “otros” mexicanos y hasta con norteamericanos. Sin embargo, mantienen su lengua y los rituales. Es decir, podrían aislarse si así lo desean.

Ahora el guía nos lleva a un manglar. Recorremos una zona de agua que, franqueada por mangles, penetra la isla. La peculiaridad de los humedales es su baja profundidad. Puedes ir arrastrando los pies, haciendo surcos con los dedos, gozando las corrientes de agua fría entre las piernas sin que suba más allá de tu clavícula. Con las manos voy arrancando almejas que encuentro casi en la superficie de la arena. Más tarde algunos se comerán el producto de su colecta con salsa y limón.
Esta parte de la isla fue de extremo valor para los ancestros de los Seris, pues durante su etapa nómada solían acampar de forma temporal cerca de aguas poco profundas. Así tenían a la mano una rica fuente de alimentos, medicinas y herramientas.

Para estimular nuestra conciencia ecológica, Joaquín nos convoca a enlazarnos en un círculo. Cerramos los ojos y nos dejamos ir hacia atrás pero sin soltarnos las manos. Cada quien es una especie animal a elegir. Se nombra una especie y los que “pertenezcan” a ésta deberán soltarse. El equilibrio del ecosistema se rompe –qué mal. Todos caemos al agua –qué delicia. Y así la moraleja es comprendida en pleno chapuzón.

De vuelta al “campamento” hay un tiempo para comer. La gente se agrupa cual tribus, comparte, convive. De pronto me percibo como la única solitaria del tour. Irónica comparación: Soy ahora mismo una isla.

Antes de que la lancha nos ponga de regreso en Punta Chueca, antes de volver a tierra firme, algunos nos hacemos de pintura facial seri. Por 20 pesos, Diana colorea en mi rostro una serie de dibujos centenarios que, según me explica, significan que estoy preparada para irme de fiesta.

En tierra firme nos esperan las mujeres que venden artesanías, los niños que quieren regalos y hasta los perros que, de tantos, parecen salir del mar.


El camión arranca rumbo a la ciudad. En el camino, emerge la isla Tiburón en mi mente y alcanzo a ver cómo decenas de Seris salen de atrás de los saguaros y las montañas. Festejan. Los niños corren en la playa y sonríen. Los adultos beben un licor de alguna cactácea y comen tortuga guisada. Se despojan de sus ropas occidentales y hacen rituales que incluyen cantos y bailes. Sobre la arena, sus sombras forman caguamas que danzan en honor a la Tierra.

También publicado en: http://mamborock.org/2014/04/03/isla-tiburon-o-de-cuando-los-seris-fueron-isla/

1 comentario:

  1. Alejandra, definitivamente me has quedado a deber fotografías de ese viaje eco-turístico. Me hubiera gustado verte con el rostro pintado.. aunque te imagino con la descripción que hiciste.
    Saludos y seguiré leyendo tu blog.

    ResponderEliminar

¿Qué historias contarán mis huesos? Sobre una charla de antropología física en Sonora

  Osamenta de "Oqui Ochoa". Fotografía proporcionada por el INAH-Sonora. Patricia Hernández Espinoza va a contarno...