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Como el último teléfono público del desierto

Los teléfonos públicos son animales que de a poco se extinguen en la fauna urbana de Hermosillo. Ayer me topé con uno, al salir de un café, y pensé que quizá sea el único en varias cuadras, o tal vez kilómetros, a la redonda.

Y pensé: por ahí debe haber alguien que aún se alegra al encontrarse uno de estos aparatos en su camino. Quien pase horas en la cabina, guarecido del tiempo, hablando con su amor. Debe haber quién todavía recurra a éste en momentos de dar buenas/malas noticias, de hacer bromas, de extorsionar.

Y me acordé cuando, adolescente, precisaba traer mi tarjeta de 30 pesos en la bolsa, por si tenía que llamarle a mis padres para que fueran por mí a cualquier lugar. En ese entonces, no pedíamos prestado para mandar un mensaje de texto, sino quién nos acompañara hasta el teléfono.

De pronto sentí el deseo de traer una de esas tarjetas en mi bolsa, para marcar a mi casa y decir: "Madre, allá voy". O a alguna amiga que hace mucho no viera: "Qué has hecho de tu vida. Cuéntame, te hablo desde una cabina, pero cuéntame".

Pero no la traía. No la traía, porque hace mucho que cargo con la facilidad del teléfono móvil, y ya no recuerdo cómo se sienten esas ganas de comunicar, tan intensas, que te hacen salir de tu hábitat en busca de una cabina telefónica.

Y en todo eso pensaba cuando me sonó el celular.

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